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La princesa y la Muerte

Tal vez la historia más conocida del Mahabharata es la de Savitri, la princesa fiel. Esta historia aparece en el Vana Parva del Mahabharata, y es narrada por el sabio Markandeya a la reina Draupadi.

 

Según el texto, Savitri era hija de Ashvapati, el rey de Madra. Debido a que no tenía hijos, había realizado grandes penitencias para complacer al Dios del Sol, Savitar; debido a ello la hija que obtuvo fue llamada en honor del Dios por el nombre de Savitri. Ella era, en efecto, brillante y generosa como el Sol.

 

Cuando Savitri alcanzó la edad de casarse, inició un largo peregrinaje en busca de esposo. Después de mucho tiempo de caminar y errar por la tierra, halló una ermita en el bosque, donde vivía Satyavan con su padre ciego. Satyavan era un príncipe. Su padre, el rey, había perdido su reino a manos de sus enemigos y había quedado ciego. Vivían como ascetas en medio del bosque, y Satyavan cuidaba con esmero de su padre. Los dos jóvenes se enamoraron de inmediato. Ella accedió a compartir su vida con Satyavan y vivir como una ermitaña.

 

Al volver a su para dar la feliz noticia a sus padres, en la sala del rey apareció Narada Muni, el sabio celestial. Dijo a Savitri: “Oh, princesa de Madra, reconsidera tu elección. No sabes que una maldición pesa sobre tu prometido, y está destinado a ser llevado por la muerte de aquí a un año exactamente. No eches a perder tu juventud y tu vida casándote con un hombre condenado”.

 

Pero Savitri no quiso saber nada sobre ello. Amaba tanto a Satyavan que prefería compartir su vida un solo día con él que toda una vida con otro. Sus padres, sabiendo de la maldición aunque preocupados, dieron sus bendiciones, felices después de todo de saber que había escogido a un noble príncipe que además llevaba una vida recta y austera. Así, la princesa se casó con Satyavan según los ritos védicos, y vivieron juntos en la ermita por un año. Savitri cuidaba de su suegro como si fuera su mismo padre. Y la pareja era muy feliz.

 

Pero pasado un año, la profecía se hubo de cumplir. Un día, caminando juntos por el bosque, en busca de leña, Satyavan de pronto desfalleció. Cayó inerte al suelo, y expiró. Entonces apareció Yama, el dios de la muerte, montado en su búfalo, con su gran maza que destruye la vida, y su lazo para atar a las almas. “Hija mía, sabías que este día llegaría. Me apena mucho, pero debo llevarme a Satyavan”. Y diciendo esto, cargó con su espíritu y se lo llevó.

Aún no había caminado más que unos pasos al Yamaloka, la morada de los muertos, cuando al volver la cabeza, vio que Savitri le seguía silenciosa. Yama no se conmovía fácilmente, pero la pureza y la fidelidad que veía en Savitri eran en verdad impresionantes.

 

Yama dijo: “Oh, mi niña. Tu fidelidad es conmovedora. Pero a donde Satyavan va, no puedes seguirlo. Vuelve para preparar los ritos funerarios de tu esposo, y que el Señor Supremo te de Sus bendiciones”.

 

Savitri contestó: “Oh, Señor de la Muerte. Es el Dharma de una esposa acompañar a su marido donde vaya. Otras mujeres no pueden seguirlos al mundo de los muertos. No obstante, gracias a mis penitencias, puedo acceder a los mundos sutiles, y por tanto acompañarlo. Por favor, no molestaré. Sólo te seguiré silenciosamente”.

 

Yama dijo: “oh, pequeña, pídeme un don, el que quieras excepto la vida de Satyavan. Te lo concederé.

 

Savitri dijo: En tal caso, oh, Señor, deseo que el padre de Satyavan recupere su visión, ya que sufre mucho debido a su ceguera”. Yama concedió su deseo y siguió caminando, pensando que esto conformaría a Savitri. Sin embargo, unos pasos después volvió a advertir que le seguían. Savitri continuaba detrás de sus pasos, con la mirada suplicante.

 

Yama dijo: “Nunca vi a nadie con tanta fidelidad a su cónyuge. Por favor, pide un segundo don, excepto la vida de Satyavan. Te lo concederé”.

 

Savitri pidió que el reino de su suegro fuera restaurado y el rey colocado de nuevo en el trono. Yama accedió, y siguió caminando. Pero al poco, comprobó que Savitri le seguía aún. Su rostro era tan puro, y su determinación tan grande, que Yama estaba emocionado.

 

Yama dio un deseo más a Savitri, quien pidió que su padre tuviera un hijo para perpetuar el linaje. Yama lo concedió, pero al volverse, no vio otra vez sino a la pobre Savitri siguiendo as u marido. Él sabía que Savitri era una mujer sabia a pesar de su corta edad. Le habló con inmenso respeto.

 

“Hija mía” le dijo “Lo que va al mundo de los muertos no puede volver. Debes ir, por favor. Pide un tercer deseo. Lo que quieras, excepto la vida de Satyavan, yo te lo concederé. Pero después deberás irte y no regresar. Promételo”.

 

“Así lo haré, oh, gran Yama”. Savitri dijo entonces “deseo entonces, que nazcan de mí y de mi esposo cien hijos que perpetúen nuestro linaje y que reinen en las tierras de la India”.

 

“Así sea. Y ahora, regresa, querida niña, pues debo cumplir con mi deber” dijo Yama.

 

“Pero señor” dijo Savitri “¿Cómo podré tener cien hijos si mi marido se halla en tu reino?”

 

Yama de pronto se dio cuenta de lo que había prometido sin darse cuenta. Dijo: “Hija mía, tu devoción y fidelidad van más allá de lo que nunca hubiera imaginado. En verdad, hoy le devolveré la vida a tu esposo. Volved juntos y disfrutad de una larga vida. Hoy tu amor por tu esposo ha vencido a la Muerte”.

 

Así, Savitri y Satyavan tuvieron una larga vida y disfrutaron de su reino e hijos hasta que el bondadoso Yama les invitó a abandonar, esta vez juntos, este mundo material, después de haber enfocado sus mentes en la Divinidad y haber alcanzado la Gracia.

 

Savitri es en la India el ejemplo del amor más puro y fiel entre esposos, y el carácter ideal de fidelidad, mansedumbre pero a la vez determinación inquebrantable e inteligencia tan aguda, que es capaz de burlar a la misma Muerte.

 

Shloka:

mṛtyuḥ sarva-haraś cāham

udbhavaś ca bhaviṣyatām

kīrtiḥ śrīr vāk ca nārīṇāṁ

smṛtir medhā dhṛtiḥ kṣamā

 

Yo soy la Muerte que todo lo devora, y la prosperidad de los que tienen que ser prósperos. Entre las cualidades femeninas, soy la fama, la prosperidad, la palabra, la memoria, la inteligencia, la firmeza y el perdón.