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Una paciencia sin límites

Ekanath fue un santo de Maharashtra del siglo XVI. Pertenecia a la escuela varkari. Era un fiel devoto del Señor Krishna, y cantaba y hablaba constantemente sobre las glorias del Señor. Su estado de consciencia era tal, que todo lo que él percibía lo interpretaba directamente como una acción divina. Viendo a Dios en todo, naturalmente, jamás se enojaba, y su carácter alegre y devoto le hizo inmensamente popular. Algunos decían que Ekanath jamás se había enfadado.

 

Esto, naturalmente, sacaba de quicio a algunos vecinos envidiosos. En ocasiones, la gente infeliz desea que todos sean infelices como ellos, pensando que de ese modo, serán un poco menos miserables. Así que siempre estaban tratando de hacer que Ekanath perdiera los estribos.

 

En una ocasión, pagaron a un musulmán para que, de alguna manera, le hiciera enfadar. Éste fue donde Ekanath realizaba por las mañanas el baño ritual que deben llevar a cabo los brahmines, sin el cual no pueden realizar sus deberes diarios. Cuando salió del agua, escupió a Ekanath en la cara. Ekanath rió, y volvió a tomar su baño. Cuando salió, el musulmán volvió a escupirle. Ekanath no se preocupó en lo más mínimo, y volvió a tomar su baño. Así sucedió por ciento ocho veces. Tras la última vez, el musulmán cayó a sus pies pensando que era un verdadero santo y rogó por su perdón. Nunca volvió a comportarse mal, y fue un musulmán ejemplar. Ekanath había tomado su afrenta como arghyam, la ofrenda de agua que se hace a los santos y las divinidades, y lo bendijo con sabiduría y devoción.

Decepcionados por lo ocurrido, los vecinos sobornaron a un malicioso brahmán con el mismo fin. El brahmán pensó: “como no se ofende por nada que se le inflinja a él mismo, deberé atacar a sus parientes”. Y resolvió insultar a su esposa. Fue f a casa de Ekanath, pidiendo limosna, y fue recibido por su esposa Girija, la cual le ofreció asiento y comida. Cuando vio que Ekanath llegaba, repentinamente agarró a Girija y tocó sus pechos con lujuria. Sin embargo, Ekanath se hallaba en estado de éxtasis devocional en ese momento, y ante tal acto reprobable dijo: “¡Oh, Girija Devi! ¡Este pequeño niño tiene tanta hambre! Por favor, aliméntalo con tu leche”. Tal era su estado de pureza que no podía ver el mal en ningún lugar. Al oir aquello, el brahmán se aprrepintió, y lloró amargamente por sus malas acciones. El brahmán dio el dinero de los vecinos a los pobres, y se hizo discípulo de Ekanath.

 

Así es el devoto que ha puesto su mente en Dios; el mal no tiene existencia para él, y sólo es capaz de ver la pureza en todo.

 

Shloka:

 

vidyā-vinaya-sampanne

brāhmaṇe gavi hastini

śuni caiva śva-pāke ca

paṇḍitāḥ sama-darśinaḥ

 

Los sabios humildes, en virtud del conocimiento verdadero, ven con la misma visión a un manso y erudito brāhmaṇa, a una vaca, a un elefante, a un perro y a un comedir de carne de perro (un paria)